Erase una vez es el punto de partida de casi todas las películas de Spielberg: Son cuentos de hadas. Inteligencia Artificial también, sin embargo, algo ha cambiado. No es, cómo parece, el viaje de un Pinocho futuro hacia la humanización, sino el relato adulto de la Humanidad hacia su destrucción. Los superjuguetes sólo son para el verano y Eric y su osito recorrerán este mundo caduco sin saber que pese a su prótesis mecánica son los únicos que aun poseen la capacidad de amar.

Escaparán de sus padres adoptivos que ya no saben ofrecerles cariño aunque tengan buenas intenciones. Ya, en el exterior intentarán encontrar esa ternura, sin embargo, la cosa está peor. Un Gigoló cableado les explicará que no es que no quede Amor sino que ya no queda ni sexo. El mercado de la carne, el que nos define como Seres Vivos ahora lo satisfacen los robots: El mundo ha perdido hasta su animalidad. Así que Eric sentado en las Torres Gemelas aun por desaparecer llorará junto a los leones mientras contempla la invasión Extraterrestre sobre un planeta inundado, desolado: Desierto de Humanidad. Y llorará porque David al igual que Spielberg entienden que esto no es una predicción de lo compleja que será la convivencia entre Hombres y máquinas en un futuro nada lejano sino de lo difícil que lo es hoy entre las propias personas. Spielberg ha entendido la Ciencia Ficción de la mejor manera posible: como instrumento para (re)conocernos a nosotros mismos. Por eso el cuento de Hadas sólo podía terminar con final feliz. Siempre y cuando llamemos felicidad a que lo único bueno que nos pase exista sólo en sueños. Los rayos de luz caen sobre un niño en una película bella en su demacrada tristeza

Hay películas que no encajan en la definición de Obra Maestra y sin embargo la etiqueta les queda grande. Inteligencia Artificial lo es