Jarhead ****
En tierra de nadie
No deja de ser significativo que la única vez que Jarhead presenta el conflicto bélico con todas sus partes sea a través de la imagen reflejada por un proyector de Apocalypse now, ante un batallón de soldados ávidos de adrenalina. Una escena que subvierte el significado original y antibelicista de la obra maestra de Francis Ford Coppola gracias a los entusiastas gritos de quienes contemplan la pantalla: la única guerra que estos marines llegaran a ver de verdad.
Y es que esta, la última película de Sam Mendes, nace como un ejercicio decididamente antigenérico que huye del campo de batalla para instalarse en las vidas de los soldados. Todo en la medida de una radical perspectiva que relata el conflicto desde la atalaya de un campamento. Jarhead no es más que la sucesión de vivencias, anhelos y risas de unos cuantos compañeros de pelotón que soportan la espera con algo de nervios. Una serie de tiempos muertos que un carismático reparto y la fuerza de su director nutren de vida.
E incluso cuando finalmente la guerra comienza los protagonistas de esta odisea caminan en medio de la nada, hacia ningún lugar. En el fondo la conclusión sin ideologías posibles de que la guerra no es más que un gran vacío, en el que ni si quiera hay espacio para los enemigos. Pero el gran problema es que su discurso sobre la nada está a punto de devorar a la propia película y es imposible que no quede una sensación de hueco, de no llegar tampoco como espectadores a ninguna parte. Un ejercicio de equilibrismo del que Mendes sale ileso no sin cierta dificultad