A todo el mundo se nos llenó la boca de buenas palabras para aclamar La princesa Mononoke y cuando llegó El viaje de Chihiro ya no teníamos qué decir. Miyazaki logró con esta última su mejor trabajo, además de un éxito internacional indiscutible con el único Oscar de animación al estilo tradicional entregado y el primer Oso de Berlín a una película de dibujos. Esta Alicia esquizofrénica es la más clara demostración de que el manga admite muchas maneras

El viaje de Chihiro es cómo subir a la montaña rusa. El peaje no son los seis euros de la entrada al cine, sino dejar fuera los prejuicios. Entonces los vagones arrancan y como todo viaje, sube, baja, vuelve a subir. Disfrutamos desde arriba de todo el parque de atracciones que ahora en medio de la noche se ha convertido en un balneario de dioses pestilentes; y también contemplamos el cielo con sus dragones, la flora del campo, y la fauna con los padres que se han vuelto cerdos bulímicos a fuerza de comer (¡Qué sabrán ellos, mierda de adultos, de pasárselo bien!). Incluso tenemos un tren de la bruja; mejor dicho dos: una bruja mala, y otra buena, como en El mago de Oz; cada uno decide cuál es más divertida, si la tiránica burócrata o la abuelita entrañable. De todos modos cuando llegamos al final aún nos espera un tren que nos lleva a ninguna parte, y aludiendo la canción de Iván Ferreiro nos montamos con el Sincara en un vagón. Seguimos, seguimos y le agradecemos a Miyazaki dos horas de locura, delirio e imaginación, mientras rezamos para que al despertarnos no seamos unos grasientos y embotados puercos sin ganas de soñar