Posee sus mismas señas de identidad además de la firma del estudio Ghibli, sin embargo no hablamos de Hayao Miyazaki sino de Isao Takahata. Con carreras similares y ocasionalmente compartidas (Marco, Heidi) el segundo se ha mostrado más experimental y por tanto más irregular. La Tumba de las luciérnagas es su película más lograda además de una cumbre para el género. Tanto es así que un prestigioso crítico americano señaló que se trata de una obra maestra de visión obligada para todo el mundo, pero sobre todo para aquellos, que todavía hoy, se atreven a negarle el pan a la animación
Los niños son niños y necesitan de sus madres. Marco recorrió medio mundo, de Italia a Los Andes, para encontrarse con la suya. Seita, nuestro protagonista, no tiene esa oportunidad: es posible que a sus padres se los haya llevado la II Guerra Mundial. Su prioridad debe ser proteger a su hermana, madurar rápidamente, y perder su infancia para que ella pueda preservar la suya. Ese es su sacrificio, aceptar las responsabilidades y que su hermana pueda seguir soñando sin enterarse que a su alrededor caen bombas y muere gente por todos lados. Lo único bueno es que por más que se empeñe Seita en envejecer siempre le quedará algo del niño que lleva dentro, ese que construye una tumba a base de luciérnagas convencido de que es el mejor búnker posible contra la barbarie humana
El Manga Imprescindible (I): El viaje de Chihiro
Y respecto al tema Million Dollar Baby no, no lo he dado por zanjado. Tan sólo estoy pensando mi post para defender (en parte) a Pol... que me lo habéis asustado
A todo el mundo se nos llenó la boca de buenas palabras para aclamar La princesa Mononoke y cuando llegó El viaje de Chihiro ya no teníamos qué decir. Miyazaki logró con esta última su mejor trabajo, además de un éxito internacional indiscutible con el único Oscar de animación al estilo tradicional entregado y el primer Oso de Berlín a una película de dibujos. Esta Alicia esquizofrénica es la más clara demostración de que el manga admite muchas maneras
El viaje de Chihiro es cómo subir a la montaña rusa. El peaje no son los seis euros de la entrada al cine, sino dejar fuera los prejuicios. Entonces los vagones arrancan y como todo viaje, sube, baja, vuelve a subir. Disfrutamos desde arriba de todo el parque de atracciones que ahora en medio de la noche se ha convertido en un balneario de dioses pestilentes; y también contemplamos el cielo con sus dragones, la flora del campo, y la fauna con los padres que se han vuelto cerdos bulímicos a fuerza de comer (¡Qué sabrán ellos, mierda de adultos, de pasárselo bien!). Incluso tenemos un tren de la bruja; mejor dicho dos: una bruja mala, y otra buena, como en El mago de Oz; cada uno decide cuál es más divertida, si la tiránica burócrata o la abuelita entrañable. De todos modos cuando llegamos al final aún nos espera un tren que nos lleva a ninguna parte, y aludiendo la canción de Iván Ferreiro nos montamos con el Sincara en un vagón. Seguimos, seguimos y le agradecemos a Miyazaki dos horas de locura, delirio e imaginación, mientras rezamos para que al despertarnos no seamos unos grasientos y embotados puercos sin ganas de soñar