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La Coctelera

Categoría: Brokeback Mountain

Brokeback Mountain: Silenciosa respiración

A lo lejos, recortado sobre el horizonte, un hombre subido a un caballo. Es un vaquero, un héroe, de los que protegen la calle, imponen paz y liberan a los pueblos de los Indios. Si piensas eso, es que no tienes ni idea. Porque hay vaqueros a los que nadie les ha enseñado cómo se hacen las cosas. Este es uno de esos, no sabe a dónde va, y de cerca se nota que lleva el sombrero bajo para que nadie descubra que está a punto de llorar. Tiene una herida, pregúntale porqué y sólo te soltará un gruñido. Si, un gruñido es lo único que le sale a Ennis para maldecir la mierda de vida que le ha tocado vivir. Pero ni todas las palabras juntas son más claras, ni por desgracia tampoco todas las imágenes. Masca tabaco, escupe al suelo, y espera que los días se acorten para volver a Brokeback Mountain a quitarse la comezón que le ha dejado el hijo de puta que le enamoró. Eso es todo lo que hace, que ya es bastante. No tiene tiempo para ser un ídolo, contarnos lo que siente e irse a vivir con Jack a ese rancho en el que serían felices. No, eso sería demasiado fácil: requeriría no ser humano. Y él puede, ¿verdad? Es un personaje, es una película, ¡que haga lo que quiera!. Sin embargo Ennis ya no tiene que ver con las historias que nos contaban nuestros padres, ni siquiera con las antiguas películas, y es que a veces el cine deja de hablar de si mismo y comienza a hacerlo de nosotros. Claro, que eso causa auténtico pavor, porque aunque nos cueste aceptarlo Brokeback Mountain provoca un gruñido en nosotros por la herida que ha dejado al comprobar que es algo más que una jodida, simple y llana película

Un bálsamo para los oídos para aquel que no pudo acallar el rumor después de verla. Y para los que no la sintieron un estupendo blog lleno de relatos dolorosos y auténticos

De Casablanca a Brokeback Mountain

Corre el año 1943; el mundo se derrumba, las bombas caen por todas partes y por mucho que las generaciones futuras se empeñen en desmentirlo el mundo nunca volverá a ser el mismo. Eso lo saben un par de perdedores que en una escena antológicamente artificial, entre la niebla del aeropuerto evitan confesar que se quieren y tan sólo pueden despedirse con un "Siempre nos quedará París". Pura literatura, envuelta en retórica para una ciudad que ya no existía y que únicamente volvería a ellos en sueños. Una declaración que sesenta años después Bob en medio de la vorágine recuperaría al susurrarle a Charlotte que jamás olvidaría Tokyo; una declaración que Clementine y Joel jugándo a olvidarse actualizarían en deseo en medio de sus recuerdos, "Nos vemos en Montauk" exclamaron, y una declaración que Ennis sin palabras pero con dos camisas ensagrentadas frente a él rubricó sobre esa montaña llamada "Brokeback Mountain" en la que creyó conocer a Jack. Y es que a veces nada define mejor la inaltarable soledad del amor que esas palabras que decimos bien bajo para que nadie más pueda oírlas, que recuperamos sólo en los recuerdos de lo que podía haber sido o que clamamos en juramentos que nunca encontraremos palabras para acabar...